TRX, RZR… RIP

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VICEVERSA

Por Saúl Macías

Dicen que en Durango no pasa nada. Que aquí vivimos tranquilos, que los pleitos son ajenos. Pero cada vez cuesta más tragarse esa versión de postal, sobre todo cuando los accidentes (esos que ya parecen masacres) se vuelven rutina. Y no por culpa del destino, sino por obra y gracia de los “alusines”: una no tan nueva especie de salvajes al volante, adictos al rugido de sus motores y con un ego tan inflado como las llantas de sus TRX, RZRs y Jeep Cherokees sin placas.

Lo de ayer fue la gota que derramó el vaso y lo volvió a llenar de sangre. Manuel tenía 22 años. Venía manejando su Dodge Attitude por el bulevar Heróico Colegio Militar, con tres paisanos a bordo que habían venido desde Denver a vacacionar. De pronto, una TRX —sí, esas camionetas que más que vehículos parecen bestias de guerra— se voló el alto y los impactó con tal fuerza que el Attitude terminó tres carriles más allá, como si hubiera sido pateado por una locomotora. Manuel murió. Uno de los pasajeros está grave. El conductor de la TRX, muy valiente él, huyó. Como suele ocurrir. Se entregó este domingo por la mañana, seguramente después de que sus abogados le aseguraron el perdón.

Pero esto no es nuevo. El 1 de marzo, una camioneta idéntica a la del caso anterior chocó un Tsuru en el bulevar Domingo Arrieta. Murió Andrea, una joven de apenas 19 años. El conductor también huyó. Otro héroe de la velocidad con pies de barro. Y si buscamos más atrás, encontramos el horror del 16 de octubre de 2024: una Jeep Cherokee a exceso de velocidad destrozó un Atos con cinco personas a bordo en la carretera a Mezquital. Cuatro murieron. Entre ellos, una bebé de cuatro meses y una mujer embarazada. Ni en noticias de guerra se leen cosas así.

Anoche, otro episodio: unos iluminados a bordo de un RZR, alcoholizados y con la música a tope, embistieron a una motocicleta en el crucero de la Colima y Puebla, en Jardines de Cancún. Uno de los jóvenes que iba en la moto murió esta mañana. 21 años. Otro nombre que se suma a esta estadística de muerte.

Y mientras tanto, nosotros, los del Attitude, el Tsuru, el Versa, los que sí le ponemos gasolina de la verde, tenemos que escuchar con resignación que se reformó el reglamento de tránsito para limitar la velocidad a 50 km/h. ¿De qué sirve eso, si la ley es tan selectiva? ¿A quién van a multar? ¿Al que se pasó cinco kilómetros o al que se pasa por encima de la vida de los demás?

Porque aquí todos sabemos —aunque nadie lo diga— que muchos de estos “alusines” no son simples creídos con dinero mal invertido. Algunos tienen padrinos que huelen a pólvora y otros a influencias que nunca se ven pero que pesan más que cualquier peritaje. Intocables de sangre caliente y corazón frío. Y cuando no es eso, son los que crecieron con la idea de que manejar rápido es sinónimo de valor, cuando en realidad son unos cobardes incapaces de enfrentar las consecuencias de sus actos.

Durango ya no está tranquilo. La gente no solo tiene miedo. Está enojada. Harta. De ver cómo la justicia se encoge de hombros, cómo las autoridades ofrecen comunicados fríos y cómo los nombres de las víctimas se olvidan mientras los culpables siguen acelerando en sus naves, como si esto fuera su propio videojuego y nosotros los peatones extras de fondo.

Pero no se preocupen. Seguro en la próxima campaña nos pondrán un espectacular con el lema de “Durango seguro”, acompañado de una sonrisa editada en Photoshop. Y mientras tanto, sigamos rezando que el próximo impacto no nos toque a nosotros. Porque en esta tierra, si no eres “alusin”, mejor ni manejes.

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