VICERVERSA
Por Saúl Macías
Vivimos en la era del espectáculo. La gente ya no busca simplemente información, busca show. Y en ese show, los influencers se han convertido en los nuevos sacerdotes del culto moderno. Su poder no proviene del conocimiento, de la virtud, de la experiencia o del trabajo; proviene del número. Número de seguidores, de likes, de reproducciones. Su mérito es haber aprendido a surfear el algoritmo.
Hay un subtipo particularmente repugnante de influencer: el que se especializa en la miseria ajena. Aquellos que arman su “contenido humanitario” a costa de personas vulnerables, que entregan una despensa a cambio de una lágrima que puedan grabar, o que ofrecen un plato de comida a cambio de un permiso tácito para exponer la pobreza en cámara. No es ayuda, es canje. No es bondad, es capitalización de la necesidad. El indigente se convierte en extra, en utilería emocional, en mercancía audiovisual.
Todo esto ocurre porque vivimos un tiempo donde el parecer importa más que el ser. Donde la foto del acto cuenta más que el acto mismo. La consecuencia es simple: una generación que confunde exposición con prestigio, fama con talento, atención con respeto. Y detrás de cada video viral de caridad forzada o de cada desfile de lujo mal digerido, queda un paisaje lleno de almas huecas, de likes efímeros, y de dignidades negociadas por views.
Hay quienes aseguran que “mínimo hacen algo”, como si el acto de grabarse entregando una cobija a un anciano tuviera un mérito humanitario. No. No es ayuda si lleva una cámara detrás. No es generosidad si está pensada para generar contenido. Y no es empatía si la motivación es el aplauso. Porque el que ayuda para ganarse la simpatía de otros, no está ayudando: está invirtiendo. Busca intereses emocionales, dividendos en forma de seguidores.
Lo más despreciable de estos personajes no es solo que instrumentalicen la necesidad, sino que lo hagan creyéndose salvadores. Se sienten misioneros digitales, cuando en realidad son publicistas de sí mismos. Les urge grabar a la señora que llora al recibir el mandado porque, sin esa lágrima, su algoritmo no se conmueve. Pero la verdadera tragedia no es que existan: es que los aplaudan. Porque el espectáculo de la miseria no tendría escenario si no hubiera público que lo consuma como entretenimiento piadoso.
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