Emma lo entiende todo

,

VICEVERSA

Por Saúl Macías

Se llama Emma.

No trabaja, no produce, no lava los trastes ni junta puntos Soriana. No paga renta ni sabe qué rollo los bombardeos a Irán o con la serie de Chespirito, pero tiene clarísimo lo que importa: estar. Estar ahí cuando uno llega, cuando uno se va, cuando uno se quiebra o cuando uno no sabe por qué le duele el alma.

Emma es una shi tzu café, del tamaño de una contradicción y con la sabiduría de un Buda dormido. Vive con la convicción de que el mundo gira alrededor de su colchón, el plato de croquetas y un pulpo de peluche. Y, para sorpresa de todos, tiene razón.

Los perros (asi, en general) son criaturas que vienen a recordarnos lo que tanto se nos olvida entre el tráfico, pendientes y notificaciones: que el afecto no necesita justificación, que el tiempo es más valioso cuando no se mide, y que estar vivo no significa necesariamente tener prisa.

Emma, como tantos otros, no pretende cambiar el mundo ni discutirlo. Solo te ve, te lame un dedo, se acomoda donde estorba un poco (y más consuela) y ya. En su pasividad aparente, hay una protesta silenciosa contra nuestra obsesión por la utilidad. Contra nuestra manía de medirlo todo: logros, metas, seguidores, calorías, pasos. Emma no da pasos, flota. No mide su día en productividad, sino en si lograste o no rascarle la panza.

Y uno piensa: ¿qué tanto necesitamos realmente para ser felices? ¿Una agenda llena o una vida más vacía pero acompañada? ¿Una app de meditación o una siesta con la Emma a los pies?

Los perros no viven para cumplir, viven para compartir. No vienen a dejarnos herencias ni doctrinas, pero sí un legado mucho más urgente: el arte de querer sin condiciones, de descansar sin culpa y de oler cada esquina como si fuera la primera vez.

Cuando Emma se acuesta boca arriba, patas al cielo, lo hace con la seguridad de quien confía. Cuando se te queda viendo con sus ojos de bolita húmeda, no busca likes, busca tu silencio. Y cuando se te acerca sin motivo aparente, es porque sabe que necesitas compañía, aunque tú todavía no lo sepas.

Emma no sabe hablar. Pero entiende cuando estamos mal. Y eso la pone por encima del 90% de los adultos funcionales que conozco.

Quizá algún día entendamos lo que Emma ya practica sin esfuerzo: que no se trata de hacer mucho, sino de estar bien. Y, si se puede, de hacerlo acompañado de una shi tzu que ronca como señor cansado, pero te mira como si fueras el centro de su mundo.

Y lo eres. Aunque llegues tarde, aunque estés triste, aunque no tengas idea de qué hacer con tu vida.

Emma si le sabe.

Síguenos en Facebook, Instagram y Tiktok: @EuskeraNews