Trece años después

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VICEVERSA

Por Saúl Macías

El 20 de septiembre de 2012 cargaba una libreta barata y una pluma Bic. Era estudiante de Ciencias y Técnicas de la Comunicación y hacía prácticas en Click!, el suplemento cultural de El Siglo de Durango. Me mandaron a cubrir una exposición infantil: acuarelas, pinceles maltratados, sonrisas nerviosas de los niños y sus papás. Regresé esa noche en autobús, con la libreta llena de notas torpes. Al día siguiente escribí durante horas. Textos eternos, revisionismo obsesivo. Nació mi perfeccionismo, no como arrogancia, sino como condena: nunca nada parece estar listo.

Después llegó el periódico, la radio y, sobre todo, la televisión: mi gran amor, mi vicio, mi tormento favorito. Me regaló noches sin sueño, la adrenalina de entrar a cuadro en 10 segundos y la certeza de que no hay guion que sobreviva al caos de la realidad. No sé si volveré a la pantalla, pero sigo enamorado de ella.

Aprendí que la oficina del periodista no tiene paredes. Es la calle: caliente, polvorienta, impredecible. Entre ambulantes, policías cansados y familias que reclaman justicia, entendí que el periodismo es una mezcla de humildad y arrogancia: la humildad de escuchar y la arrogancia de creer que lo que contamos importa.

Han sido trece años de historias que no eran mías y que, sin embargo, me marcaron. De luchadores, de soñadores, de víctimas, de políticos con el cinismo tatuado en la frente, de héroes anónimos que nunca salen en pantalla. He contado injusticias que me hirieron y maravillas cotidianas que me devolvieron la fe. También hay cicatrices. Los errores pesan más que los aciertos, y el periodista vive con la certeza de haber fallado más veces de las que recuerda.

Hoy sigo con la misma misión: informar con responsabilidad y empatía, porque es la única manera decente de hacer esto. Lo hago por la comunidad que amo, por quienes no tienen voz, por quienes sueñan con algo mejor. Y también por mí, porque el periodismo es mi forma de entender el mundo, y de paso, entenderme un poco a mí mismo.

Treinta y tres años de vida, trece de oficio. No soy el mismo que subió a ese camión en 2012 con la libreta llena de tachaduras. He crecido, he errado, he aprendido. Sigo en proceso, como todos. Agradezco a quienes me leen, critican, contradicen o escuchan. De todos aprendo. A todos, en serio, aprecio. Aquí sigo. Listo para lo que venga, agradecido por lo bueno, con hambre de historias.

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