¿Y pa’ qué tanta prisa, plebe?

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VICERVERSA

Por Saúl Macías

Durango no es Ciudad de México, no es Guadalajara ni Monterrey. Aquí no hay segundos pisos ni embotellamientos infernales ni avenidas que se pierden en el horizonte. No hay millones de carros ni cientos de rutas; tenemos cuatro bulevares, los mismos desde hace veinte años, y la gente sigue manejando como si llevara un corazón para trasplante en la cajuela. En serio, ¿por qué chingados tanta prisa?

Un fenómeno digno de estudio es el del conductor que, llegando a un cruce con reductores de velocidad —de esos que permiten el paso a los que vienen en sentido transversal, aunque nadie respete esa cortesía elemental—, decide que es mejor pasar a lo bruto, brincando los bordos como si fueran lomitas de motocross, con tal de no dejar pasar a nadie. Ni aunque la suspensión sufra. Ni aunque vaya a llegar al mismo pinche semáforo que todos. Porque en Durango no hay embotellamientos, pero sí hay impaciencia crónica.

Y esa ansiedad no se limita al volante. El otro día, en AlSuper (patrocínanos, goe), mientras metía mis compras en la desgastada bolsa ecológica, la señora de atrás ya me estaba invadiendo la banda con sus aguacates, su jamón Fud y sus Sabritas. Como si poner sus productos encima de los míos fuera a hacer que la cajera se apurara. Como si presionar físicamente al prójimo fuera una forma válida de reclamar eficacia en la vida.

En la banqueta te pisan los talones. En el Oxxo te respiran en la nuca. En los bulevares te rebasan como si fuera pista del Nascar, solo para que los vuelvas a encontrar parados junto a ti en el siguiente semáforo, revisando el WhatsApp con la misma cara de estreñimiento con la que iban manejando.

La gente en Durango vive con prisa. Pero no prisa de agenda llena, de citas apretadas, de compromisos millonarios. No. Es una prisa hueca. Una ansiedad difusa. Una urgencia sin causa. Como si tener calma estuviera mal visto. Como si detenerse fuera sinónimo de derrota. ¿Será que nos da miedo escucharnos cuando estamos quietos?

Y lo más ridículo: corren, se apresuran, se adelantan… ¿para llegar a qué? ¿A formarse en el banco? ¿A pelearse por un lugar en el estacionamiento de Soriana? La prisa es la droga legal más consumida en esta ciudad. Pero a diferencia del café, ni te hace hablar mejor ni te da energía real. Solo te convierte en un cavernícola con carro.

Durango necesita un curso colectivo de respiración. De conciencia. De pausas largas. Porque si algo nos va a matar no va a ser la falta de recursos, sino el exceso de desesperación. Vivimos apurados pero no avanzamos. Y en el fondo, todos sabemos que el semáforo nos va a juntar de nuevo.

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