VICEVERSA
Por Saúl Macías
Todos tenemos uno.
El grupo maldito.
Ese chat de WhatsApp al que entramos hace años, por compromiso, por debilidad, por no saber decir que no. Y que desde entonces se ha convertido en una cadena perpetua silenciosa.
Puede ser el del trabajo, el de la familia extendida, el de los amigos de la prepa, el de los papás de la escuela, el de los primos que nunca ves. Da lo mismo. El punto es que no puedes salirte. Porque salirse es una declaración política, casi un acto hostil. Abandonar el grupo es peor que insultar a alguien en persona. Queda el rastro, la notificación lapidaria: “Saúl salió del grupo.”
Y entonces uno permanece. Como rehén.
Recibiendo diariamente 243 mensajes inútiles: stickers, memes reciclados de 2015, videos religiosos, piolines motivacionales, cadenas de buenos días y discusiones absurdas sobre temas que a nadie le importan, pero que todos fingen debatir.
A veces surge el silencio incómodo: nadie escribe durante días. Y uno piensa: “tal vez ya murió el grupo”. Pero no. Siempre hay alguien —generalmente un tío o un compañero entusiasta— que reactiva la tortura con un “buenos días, bendiciones para todos” acompañado de una imagen de flores pixeladas.
El grupo de WhatsApp que no se puede abandonar es el recordatorio perfecto de cómo la tecnología, que prometía acercarnos, terminó convirtiéndose en un pantano de interacciones obligadas. En vez de unirnos, nos somete al estrés de la cortesía forzada.
Y uno ahí sigue. Silenciando por 1 año. Leyendo por compromiso. Fingiendo interés. Comentando de vez en cuando para no parecer grosero. Porque en el fondo, el grupo no es comunicación: es diplomacia.
Claro, siempre está la fantasía secreta de abandonarlo. De apretar el botón rojo y largarse. Pero no. Uno sabe que es mejor convivir con la incomodidad que enfrentar el linchamiento social que vendría después.
Así es el grupo de WhatsApp: una especie de prisión de baja intensidad, donde la única pena real es el miedo a quedar como el mamón que se salió.
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